Reseña de cine

The Farewell Party

07-thefarewellpartyPor June Curiel

¿De qué va la fiesta? Un grupo de amigos que conviven en una residencia de ancianos en Jerusalén construyen una máquina de eutanasia para asistir a un enfermo terminal. Cuando empiezan a extenderse los rumores sobre el artefacto, más ancianos comienzan a pedirles ayuda, creándoles un dilema emocional. La fiesta de despedida es una comedia negra sobre la amistad y el saber cuándo decir adiós.

Parecería bastante improbable lograr ese registro a base de enfermedades incurables, eutanasia y muerte. Si esto no sugiere suficiente drama, en este filme son los familiares y amigos, un quinteto de ancianos de un geriátrico, los encargados de enviar al más allá a sus seres queridos en fase terminal. El escenario es digno de una tragedia humana con todos sus ingredientes, y sin embargo funciona en el género inverso, con las risibles peripecias de este grupo de añosos anticipando el natural curso de un destino fatal. Y al respecto vienen a la memoria películas tan diferentes y emotivas como la de Amenábar, Mar Adentro, y la de Haneke, Amor. Esta última la tuve que visionar por etapas porque me resultó tan perturbadora como sublime. Entonces ¿se puede hacer una comedia sobre un tema tan sensible, sin caer en la caricatura?

La respuesta es sí. El filme de Tal Granit y Sharon Maymon, con magníficos actores que pasan los 70 abriles en los protagónicos (Ze’ev Revach, Levana Finkelstein, Aliza Rozen, Ilan Dar), es en realidad una fiesta muy especial, al amor y a la calidad de la vida, en la que baila este grupo de la tercera edad. Aquí se honra la voluntad individual, el derecho a decidir sobre la propia muerte, con la única anuencia de los suyos, de espaldas a las leyes de un estado, el israelí, que prohíbe la práctica de la eutanasia. La fiesta de despedida contiene momentos geniales de gran cine (atención a la escena en el invernadero) y una puesta en escena tan sutil como elegante, con encuadres preciosistas. Cada personaje principal está bien trazado, con sus filias y fobias, y cada uno tiene su gran momento de gloria. Y el humor, que impregna buena parte de la película, funciona mejor que el drama, que acaba dominando irremediablemente el desenlace.

Este filme no es sobre la muerte; ésta es una película sobre la vida, sobre la capacidad de elegir cómo quieres vivir y cómo quieres acabar tu viaje. Es una realización sobre la libertad. Libertad que, a modo de anécdota, los guionistas tuvieron en cierto grado, ya que el título original era “My sweet eutanasia”. El productor alemán del equipo les advirtió que esa palabra era una bomba en Alemania, por las conocidas prácticas del Tercer Reich, así que se tuvo que cambiar (afortunadamente, sólo el título). Otro dato, algo macabro, pero curioso, es la idea de la máquina que permite auto-inyectarse una dosis química letal, que está parcialmente inspirada en el Thanatron, aparato inventado por Jack Kevorkian, más conocido como “Doctor Muerte”, por haber ayudado a morir a unas 130 personas, según reconoció él mismo.

Agradecí mucho que el filme no se acercara a una realidad adulterada, con dramatismos ni fórmulas o convenciones propias de la comedia y del drama, sino que sea consciente de su libertad como discurso y de sus pretensiones, pues consigue lo que viene intentando: que nos deshagamos de tabúes y prejuicios junto a esos personajes, víctimas del irremediable paso del tiempo.